martes, 29 de diciembre de 2015

Las morales que arden en llamas

Este año, en el instituto, se imparte una asignatura que trata en gran parte sobre el medioambiente y la naturaleza. Es imposible no extrapolar la teoría a la realidad y más en un pueblo rodeado de campos y cultivos. De personas que dependen del campo. Por eso en muchas ocasiones, cuando discutimos sobre los temas que crean controversia,  hay muchos argumentos de compañeros míos en los que anteponen el beneficio económico ante la conservación de la naturaleza.
Se obtiene mucho dinero de ella, es cierto: de la explotación de los recursos naturales para cubrir nuestras necesidades que aumentan a ritmos exponenciales. Pero, ¿eso justifica la destrucción a toda costa? ¿en esta guerra, todo vale?
Todo esto viene a cuento de los numerosos incendios que se han ido dando en todo el norte de España. Asturias, Cantabria, Navarra y el País Vasco están sufriendo una oleada de incendios catastróficos en un tiempo récord y en pleno diciembre. Pese a que la temperatura este invierno no sea la usual, no es ésta la culpable de las llamas. La mayoría de los incendios han sido provocados. Los conservacionistas de la Fundación Naturaleza y Hombre acusan directamente (y sin pelos en la lengua) a los ganaderos de provocar estos incendios para obtener pastos tiernos y cobrar subvenciones.
Me cuesta aún entender que gente que debería más que nadie agradecerle a la naturaleza todo lo que tiene, sea capaz de cometer tales atrocidades. De privarnos al mundo entero del paraíso natural que es el norte y su riqueza. Tomar estas medidas catastróficas como fin para obtener beneficios económicos es algo que debería alarmarnos a todos y, precisamente, no he visto a ningun medio dedicando a esta noticia del tiempo que requiere.
Qué irónico.
España entera da de lado a su naturaleza semanas después de llevarse las manos a la cabeza por la contaminación en Madrid. Semanas después de la cumbre de París... ¿de qué nos sirve cualquier medida ecológica si continuamos de brazos cruzados? Las promesas se quedan en el aire, en uno cada vez más dañino y menos respirable por cierto.
Nos estamos cargando el planeta porque allí donde hay árboles y agua vemos factores de producción. Donde hay playa vemos pisos que se venden a buen precio. Donde hay llanuras vemos pistas de golf. Donde antes había bosques, ahora gracias a la Ley de Montes, se construirán edificios. Donde hay naturaleza vemos un fajo de billetes y así nos va, creyendo que el planeta y la tierra que pisamos nos pertenece. De lo que no nos hemos dado cuenta es que la necesidad entre los seres humanos y la tierra es unilateral; depende de ella nuestra existencia pero la tierra ya existía mucho antes que nosotros. Y seguirá haciéndolo cuando nos vayamos.


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