Dos semanas con sabor a besos salados y risas. Cambiábamos el mundo desde tu terraza, mezclábamos política y astronomía con el café y tu viaje empezaba siempre en la cama. Nunca me atreví a pedirte que te quedaras un rato más, porque lo más bonito eran tus alas y la facilidad que tenías para usarlas. No creías en dioses, desconfiabas de lo que aprendiste en la escuela y odiabas la televisión. Creaste tu propio planeta ahí donde se aposentaran tus pies y sembrabas el camino. Eramos conscientes de nuestra fugacidad, y de que nuestra compañía duraría lo que aguantan las olas en la arena. Sin embargo a veces me encuentro buscando tus ojos entre los extraños, pero siempre brillan menos que tu luz.
Vuelve, me debes un desayuno y medio verano; alma errante.